Llegué buscando al otro peruano y a las dos bolivianas que debían haber venido en el mismo avión, en ese aeropuerto con miles de pasajeros de decenas de nacionalidades de centenas de rasgos faciales globalizados. Por suerte o inercia los encontré.
Ahí estaba José, de chispa y criollismo nato; Silvia, quien me inspiró cariño desde que la vi; y finalmente Ángela, Ángela, delgada y respingada, aquella que luego, por suerte o por inercia, sería mi Angelita.
Unas horas después llegaríamos a nuestro destino final para participar en un taller.
- Hey, me debés algo y me lo tenés que pagar.
La razón del porqué le debía algo no la recuerdo, solo que aquella frase me sonó como un juego de escuela. Éramos los más jóvenes del grupo y tenía una atracción por ella que jamás haría evidente. Así que si algo podía pasar, la iniciativa no vendría de mí.
- Quiero que me des un beso. Me debés un beso.
Era muy inseguro y hasta cojonudo para suponer aún a estas alturas que quería un beso en la mejilla y que ella no estaba interesada en mí. Desde hacía mucho tiempo había perdido, o quizá nunca lo tuve, aquel tino para descifrar la lingüistica metafórica de las relaciones con las mujeres, la semiología de los juegos de seducción.
- Quiero un beso especial, un beso en la boca.
Tenía que ser tan obvio para que yo pudiera reaccionar. La metáfora, la semiología se fue al carajo cuando oí esa frase por el teléfono, aquel aparato que nos daba el beneficio de ocultar nuestras frágiles expresiones faciales aunque nuestras habitaciones tenían pocos metros para discurrir.
Semanas después aprendí que la intelectualidad de los seres humanos es de una complejidad impresionante. Que el amor es un adjetivo difuso para etiquetar actitudes de apego entre personas. Pero tenía que suceder algo tan obvio para que yo pudiera definitivamente cerciorarme que el ser humano podía desear, poseer, claudicar, fusionarse, sudar, destilar y resistir los embates de la física y la química sin mediar el adjetivo difuso de por medio. Sí, el amor no es necesariamente necesario.
No fue nada necesario, Angelita.
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