Estaba en Berlín para un curso de diez días junto a diez latinoamericanos más. Me prometí no volver a vivir lo vivido la primera vez, un año atrás, o quizá tenía claro que no podía volver a suceder algo que supuse sucedió por mi buena fortuna y no por consecuencia de habilidad alguna. Y al final tuve razón: no volvió a suceder, sino que fue algo más fuerte, más intenso y más sentimental de lo que pude pensar y resistir.
¿Cómo pude enamorar a la más linda del grupo sin siquiera haberlo hecho notar, como me lo diría después mi colombiana?
Era invierno y todo se tornaba para mí tan romántico, con ligeras capas de nieve, tiendas navideñas y con el frío que provoca antes que abrigarse abrazarse.
- Awww, tan lindo eres.
Al parecer resulté siendo una de las personas más tiernas para ella. Conversábamos mucho, yo criticaba felizmente su devoción a posar publicitariamente para las fotos, entre una sonrisa perfecta, ella en el centro y el paisaje simbólico a su alrededor. Mientras yo buscaba una foto de íntima admiración, de amor invisible, de mi oculta entrega a toda ella.
- Mi Alex...
Al parecer no era una constituida costumbre costeña-colombiana de prefijar a las personas cercanas, sino que era su no tan sutil forma de decirme algo. Pero yo no podría pensar lograr un efecto así en alguien como ella; la había superlativizado por encima de la condición humana y la visión comunista de decir que todas las personas son iguales. Ella era mucho y yo poco, pero no podía desvelarlo así.
En el metro, luego de algunas copas colectivas festejando el fin del curso, ya tarde, ella apoyó su cabeza sobre mi hombro y yo se la acaricié. En el elevador, saliendo la última persona después de nosotros, en esos dos pisos que se elevaban en un ambiente de tácita atracción nerviosa y silenciosa, mientras me despedía de ella más prolongadamente de lo usual, no pude sino estar por fin seguro de que ella era más que todas, que yo era también más que todos y que antes que despedirnos, nuestros cuerpos fundidos de química se estaban dando la bienvenida.
- ¿Me acompañas a hacer unas compritas?
Al día siguiente, de pronto paseaba por las calles con su brazo apoyado en el mío, disfrutando las banalidades propias y ajenas y enervándonos calmadamente uno y otro. Y es que el frío estaba afuera, el mundo giraba despreocupadamente y nosotros manteníamos alimentada nuestra propia órbita.
Por la noche, horas antes de que ella partiera a otro país y yo a otra ciudad, la despedida seguía siendo nuestra bienvenida. Nuestras manos se juntaron tiernamente frente a los demás, en algún lugar oculto dentro de lo público, mientras escuchábamos música y las bebidas anesteciaban a algunos. Ella me susurraba, su respiración discurría por mi cuello y sus palabras perdían la semántica innecesaria.
La noche duró más para nosotros.
Unos días después, ella en otro país y yo en otra ciudad, cuando lo que nos quedaba era prolongar la incercia de nuestras memorias, ella tradujo sus palabras, sus susurros, en un boleto de avión ida y vuelta por cuatro días de aquel país de cientos de kilómetros de mí, a mi ciudad, a mi calle, a mi corazón, a mí. Así nos volveríamos a ver en una ciudad que la hicimos nuestra, que la adoptamos como aquella donde nuestros segundos se vistieron de minutos.
Y nuevamente, unos días después, cuando la despedida final acechaba luego de prolongarla más allá de nuestros itinerarios, ella y yo nos robamos cada minuto que quedaba de nosotros para nosotros. Cómo disfrutamos la oscuridad, mientras la veía con mis manos y nos uníamos al límite con nuestros cuerpos que ya nos estorbaban.
Esa noche y aquellos días de invierno mi corazón se hizo veraniego, aprendí a ser amado y amé impúdicamente. Los meses que siguieron, de un calor somnoliento, mi corazón se hizo invernal.
Cómo me dolió olvidarte.
2 comentarios:
qué bonitas figuras usas, chiu.
un abrazo.
Gracias mi Dani :)
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