3 de noviembre de 2010

Mi niña

Eran las 8 de la mañana y como siempre era de los primeros en llegar. Hace una hora que había pisado la ciudad y solo dejé mis cosas en el hotel, me mojé la cabeza y caminé a la sala de conferencias. Habían dos personas de la organización a falta de 15 minutos para empezar el evento, pero solo me interesó aquella chica de pelo negro, de una mirada angelical, sublime e inocente, mi niña, con quien después, a manera de crescendo como Bolero de Ravel, un día después besé y abracé con una pasión impúdica.

Sentado en la mesa de expositores desde el inicio, era el último en exponer en un evento que destacaba por brindar a sus participantes una sesión gratuita y efectiva de cura del sueño. Durante cuatro horas de ingenieros y abogados de habilidades natas para adormecer a la audiencia, yo vigilaba con sigilo los movimientos de mi niña mientras repartía las carpetas y recogía las preguntas de los participantes. Mi exposición duró la mitad y utilicé el morbo innato de la gente para rajar de los programas de TV y despertarlos de esa fétida y espesa anestesia que circundaba como una cámara de gas. No soy Al Gore, Deepah Chopra o algún evangelista de verbo incendiario y provocador de contorsiones de fe en sus participantes, ni mucho menos un gran expositor, pero en el país de los ciegos…

Por la noche, estaba investigando por Internet qué lugares visitaría el día siguiente que lo tenía libre, cuando recibo un correo: “Hola, una pregunta, ¿tú eres el chico que expuso en la mañana?”. Mi niña, qué hice para merecer tu atención y tu no casual curiosidad y empeño para buscarme por la Web, conseguirte mis datos y escribirme. Un par de horas después ya teníamos establecidos tácitamente nuestras atracciones, intercambiados nuestros números de celular y el acuerdo de vernos el día siguiente a las 9 y media de la mañana, que al finalizar la conversación se convirtió a las 9 de la mañana y que al día siguiente resultamos juntos ya por las 8 y 45.

Fuimos a un parque entre jardines, construcciones y artes regionales, y ya conversábamos fluidamente y nos reíamos. La acompañé a una boda civil de alguna conocida suya, y ella se acercaba y me tocaba esporádicamente el brazo. Al mediodía viajando a un pueblito cercano, nos susurrábamos al oído con la excusa del ruido externo. Llegando y caminando, me tomó del brazo y no se la solté más, salvo cuando nos sentamos, la tomé de la mano, acerqué mis labios a los suyos y me entregué a su respiración nerviosa, su piel escalofriada y a su pasión indescriptible al besar.

No sé si la volveré a ver, no sé si cuando la vea de nuevo pueda continuar el Bolero que iniciamos, pero aun hoy mi pulso sigue sincronizado al suyo y sus labios reverbera mi sistema nervioso.

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